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“Oh, ¡Cómo me gusta el café azucarado! Es más agradable que mil besos, más dulce que el vino moscatel, Café, Café, te necesito; y si alguien quiere conformarme, oh, ¡que me sirva un café!”. Cantata del Café de J. S. Bach.


La vida intelectual, ligada a las tertulias, no se concibe sin el café, que despierta el ánimo y agudiza el ingenio de los artistas. Muchas de las grandes decisiones se han tomado entre el humo y el aroma de un buen café. Ha sido fuente de inspiración para políticos, artistas, pintores, escritores, e incluso algún científico ha redondeado su teoría al amparo de un café.

Esta es su magia, su capacidad para crear un entorno agradable, animado, divertido, sosegado, apacible y siempre provechoso. Se ha dicho que los cafés recogían lo más “vivo intelectualmente que quedaba en los pueblos y ciudades de España” y que Unamuno los veía como auténtica universidad popular de eficacia segura.

Como ejemplo de grandes apasionados del café, tenemos a Balzac que llegaba a tomarse 70 tazas en un día; Napoleón y sus más de 20 tazas diarias; Bismarrck, el filosofo Kant o Voltaire, que atribuían su longevidad a esta bebida; el poeta inglés Pope quién afirmaba que el café hace sabios a los políticos y les permite apreciar las cosas con los ojos abiertos, nuestro pintor Goya, médicos como W. Harvey y Ramón y Cajal, políticos como Disraeli o Simón Bolívar; Madame de Pompadour y Du Barry; el músico Beethoven y el ya mencionado J. S. Bach, entre otros.

De tal forma, si se admite que el café es una exquisita poción capaz de excitar, sin perjudicar, el pensamiento y la inteligencia, nos daremos cuenta de que, efectivamente, desde sus inicios el café como bebida, y también como establecimiento, ha sido un lugar apropiado para las reuniones intelectuales de poetas y escritores, de pintores y de músicos.

Esto sucedía ya en el mismo origen; los cafés de La Meca asustaron a su gobernador hasta el punto de llegar a prohibirlos ya que se caracterizaban por la polémica y la libre expresión de ideas; sin embargo muy pronto se convirtieron en imprescindibles centros de reunión y tertulia.

En Europa, por su parte, numerosos cafés han hecho historia desde el siglo XVII, muchos de los cuales siguen aún abiertos al público.

España

En la España del S. XVIII ya abundaban los cafés. El primer café español abrió en el año 1764 de la mano de los comerciantes italianos Hermanos Gippini quienes fundaron la Fonda de San Sebastián en la madrileña calle de Atocha, donde alrededor de las tazas de café y de Nicolás Fernández de Moratín se celebraba la tertulia literaria más importante de aquel entonces.

Cabe destacar además La Fontana de Oro, fundada por un italiano de Verona en la Carrera de San Jerónimo y que fue espacio escogido por Benito Perez Galdós para su primera novela; el Café de Madrid donde se forjó la Generación del 98; el Café Pombo donde tomó café nada menos que su majestad José I, el Bonaparte impuesto por Napoleón y Café al que dedicó todo un libro Ramón Gómez de la Serna exaltando sus virtudes como insustituible institución; y el melancólico Café de la Montaña donde se dice perdió el brazo Valle-Inclán a causa de una mítica discrepancia con Manuel Bueno y un bastonazo que éste le atestó, con tan mala fortuna que se le incrustó en el brazo a don Ramón el gemelo del puño de su camisa.

Merece la pena dedicar unas líneas al Café Lardhy cuyas paredes han sido testigos de una importante parte de la historia de España desde que en 1839 lo fundara el francés Emilio Lardhy. Escritores como Azorín, Baroja, Gómez de la Serna, Lorca, Machado, Benavente, Blasco Ibañez,..., pintores, músicos y escultores como Sorolla, Gayarre y Benlliure, han pasado largas horas sobre sus mesas de caoba. Las mismas desde las que se anunció la derrota en Cuba, las mismas que vivieron los consejos de ministros que el general Primo de Rivera celebraba en las sobremesas y donde Azaña decidió nombrar a Niceto Alcalá Zamora presidente de la II República.

También en Madrid destacar el Café Gijón, fundado en 1888 por Gumersindo Gómez, quién sólo puso una condición para su traspaso: que jamás cambiara de nombre. Sus esmerados cortinajes, sus mesas de mármol blanco y sus asientos de terciopelo rojo cobijaron a Pérez Galdós, García Lorca, Antonio Machado o Ruben Darío. Tras la Guerra Civil Española, Buero Vallejo, Cela, Gala, Jardiel Poncela o Gerardo Diego recuperan las tertulias y lo convierten prácticamente en el último superviviente de una larga tradición madrileña.

Igual que en Madrid, en el resto de España hubo cafés muy importantes. Zaragoza pudo jactarse de tener el mayor café de la Península, el Café de Ambos Mundos, en el cual constaba que en su salón había tantas mesas como días tiene el año, 365.
Igualmente, Barcelona tuvo numerosos cafés literarios y políticos. Desde el Café Suizo o el Continental, que doblaban su condición de cafés con la de refinados restaurantes, hasta las peñas del Café de la Rambla o de la Puñalada. El primer café que abrió sus puertas en la ciudad condal fue el Café de F. Martinelli en 1781; más tarde se inauguraron el Café Francés, las Cuatro Estaciones, el Café del Comercio, de la Opera, las 7 Puertas, y un largo etcétera que efervescieron en metáforas y confabulaciones.

Cabe destacar al pintor, escritor y autor teatral Santiago Rusiñol, quién presidió durante los últimos años de su vida la tertulia de la Puñalada. En ella participaban, entre otros, el filósofo y humorista Francesc Pujols, el músico Jaime Pahissa y el periodista Rafael Moragas. Por esta peña pasaron también todos los visitantes ilustres, de Valle-Inclán a Rubén Darío, de Pau Casals a los retóricos actores Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero, incluso el gran cantador de tangos Carlos Gardel. La tertulia fue además escenario de las más increíbles bromas al maestro Agustín Quintas, profesor de piano de la Escuela Municipal de Música, contertulio muy asiduo y hombre de credulidad fabulosa. Una de las bromas más habituales consistía en presentarle amigos que se hacían pasar por personajes muy célebres y producían la invariable admiración del buen Quintas. Todo ello lo veía Santiago Rusiñol, vigilado muy de cerca por su esposa doña Luisa, que en una de las ocasiones en que consiguió llevárselo de la peña, se excusaba éste diciendo “En el matrimonio lo difícil son los primeros cincuenta años. Después te habitúas ya a él”.

Reseñar por último en Barcelona
Els Quatre Gats que se inauguró en 1897 y dio forma al modernismo catalán. En sus tertulias y reuniones participaron Pablo Picasso, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Anglada Camarass, entre otros.

Italia

Venecia tiene el privilegio de ser la primera ciudad europea en la que se abrió el primer café en 1638. El café al estilo turco se había extendido por las calles venecianas a través de los populares aquacealtrios que servían la limonada y, en pocos años, las pequeñas bottegas se transformarán en cafeterías.

Pero el café que más fama alcanzó fue el Café Florian, acumulando la lista más brillante de visitantes hasta nuestros días. Inaugurado el 29 de diciembre de 1729 en la Plaza de San Marcos, sus elegantes salones aún están abiertos al público. Por ellos han pasado desde libertinos, como Casanova, a aristócratas, cortesanas, literatos de la talla de Galdoni, y, en tiempos más modernos Lord Byron, Marcel Proust, Charles Dikens, Ernest Hemingway o Federico Fellini.

Un emigrante griego inaugura el primer café de Roma, el Café Greco, en 1760. Durante los siglos XVIII y XIX es el favorito de los artistas extranjeros que viven y trabajan en La Ciudad Eterna. Sus espejos fueron testigos de tertulias con el famoso Búfalo Bill y discusiones literarias protagonizadas por Keats o Goethe. En sus veladores de mármol, músicos como Listz, Bizet o Wagner compusieron algunas de sus más destacadas obras.

Ya en el siglo XX, desde finales de la década de los 50, Vía Veneto se convierte en el centro del glamour de la cinematografía europea. El Café de París es el centro vital para todo aquel que quiera ser alguien dentro de la vida bohemia italiana, incluso europea. En 1960 Federico Fellini retrata ese mundo en su película "La dolce vita", rodada en el interior y terraza de ese local, con Marcello Mastrodiani como protagonista.

Francia

La primera cafetería francesa se inaugura en 1691 en Marsella, ciudad a cuyo puerto llegaba todo el grano de café con destino a Francia procedente de Alejandría y El Cairo.

Rápidamente los cafés se convierten en centros de actividad política, intelectual y artística, existiendo en la actualidad en torno a los 14.500 cafés.

Fue París quién lanzó la moda de los cafés literarios, citando al humorista francés Georges Courteline “El mundo se divide en dos clases: los que van al café y los que no lo frecuentan nunca. Son dos mentalidades completamente distintas y contrapuestas. Y los que van al café, infinitamente superiores” y añadía sentencioso “Se cambia más fácilmente de religión que de café”.

El primer café literario fue el Café Procope, fundado en 1689 por el siciliano Francesco Procopio en la rue l´Ancienne Comèdie. Era un local caracterizado por su segura, aunque díscola, clientela: escritores, comerciantes, señores que esperaban a las damitas comiediantas de la cercana Comedia Francesa, militares de permiso, los enciclopedistas D’Alambert, Diderot o Voltaire, los románticos Victor Hugo, Gautier, Alejandro Dumas y artistas como María Dorval.

Café de la Paix, abrió sus puertas en la ciudad parisina al mismo tiempo que la Opera de París. Aún conserva la decoración diseñada por el propio Charles Garnier, arquitecto del edificio de la Opera. Durante décadas fue el centro de reunión de músicos, libretistas y directores de escena. Compositores como Giuseppe Verdi crearon en él sus arias.

Situado en el barrio parisino de Saint Germain des Prés, el Café de Flore fue frecuentado por Simona de Beauvoir y Jean-Paul Sastre. Aquí nació una de las corrientes filosóficas modernas más importantes: el existencialismo.

Pero el gran momento del café literario fue desde los años que precedieron a la Revolución Francesa hasta el fin del siglo XIX, destacando los cafés del Palais Royal, edificados por el cardenal Richelieu. En el Palais Royal se abrieron las grandes casas de juego, las grandes tiendas de modas, los primeros restaurantes y los mejores cafés. En 1787 se inauguró el Café Corazza, que fue luego el cuartel general de los jacobinos durante la Revolución. Allí estuvo también el Café Les Mille Colonnes, llamado así por las treinta columnas que había en el salón y que se multiplicaba en los grandes espejos de sus paredes; el Café des Aveugles o de los ciegos porque había una pequeña orquesta compuesta por cuatro ciegos; y el Café Mechanique que no tenía personal a la vista pues en el centro de cada una de las mesas y a través de un ingenioso mecanismo, subían los platos y las tazas de café.

Reino Unido

En Londres se abrió la segunda cafetería pública de la historia europea, después de la de Venecia. En 1688, Edward Lloyd inauguró Coffee-House donde se reunían aventureros, navegantes y comerciantes. El café llevaba un exhaustivo registro de la entrada y salida de los barcos y de toda la actividad portuaria. Fue en estos salones donde nació la aseguradora Lloyd´s.

Austria

Hay que remontarse a 1683 para conocer la historia del mítico café Die blaue Flasche (La botella azul). En ese año, los ejércitos del sultán turco Mohamed IV sitiaron Viena. Cuando las fuerzas austriacas consiguieron romper el sitio, los turcos huyeron dejando atrás, entre otras muchas cosas, 500 sacos de café que no parecían interesar a nadie. Sólo un joven, Franz Georg Kolschitzky, conocedor del verdadero valor y la utilidad de su contenido, pidió quedarse con ellos. A partir de ahí se decidió a preparar, comercializar y dispensar café en un local público. Viena se convierte en centro y modelo de las cafeterías europeas. Allí nace el tostado moderno y la iniciativa de añadir crema de leche al café para obtener el famoso café vienés. Actualmente este café ya no existe.

El Café Central de Viena fue inaugurado en 1860 en la planta baja del Palacio Ferstel. Fue cuartel central de revolucionarios como Trotski y lugar de descanso para Freud, que solía ir a jugar al ajedrez.

Alemania

El Hotel Adlon, situado frente a la Puerta de Brandenburgo, acoge en la década de los años 20 del siglo pasado reuniones de cineastas como Charles Chaplin o Ernest Lubitch que comparten café con la cantante Josephine Baker. Desde 1933 el partido nazi utilizó los salones del hotel como escenario para su propaganda cultural, incluso Adolf Hitler es un habitual en las sobremesas de su cotizado café. Es uno de los pocos edificios que sobreviven al bombardeo aliado de 1945.

Bélgica

Por el Café L´Alban Cambon, han pasado destacadas figuras de la política como John F. Kennedy, de la ciencia como Albert Einstein o de la música como Arthur Rubinstein. El café se encuentra enclavado en la enorme terraza del Hotel Metropole, hotel considerado por muchos como el más elegante de Europa y cuya planta baja ha sido declarado monumento histórico.

Turquía

Durante largas temporadas, la novelista británica Agatha Christie se hospedó en el hotel más lujoso de Turquía, el Pera Palas. Entre la habitación 410 y el elegante café del hotel escribió una de sus más famosas historias "Asesinato en el Orient Express".

Portugal

El Café A Brasileira de Lisboa es un pequeño local, situado en uno de los barrios clásicos de la capital lusa, que todavía está abierto al público. En él uno de los mejores poetas europeos del siglo XX, Fernando Pessoa escribió sus versos. Su figura está inmortalizada en una escultura frente al establecimiento en la que el poeta portugués está acompañado por su inseparable taza de café.

Resulta imposible dar una visión exhaustiva de cuantos personajes ilustres, desde el siglo XVIII, han elogiado el café, de quienes lo han bebido constantemente y han atribuido su inspiración a la ayuda de este delicado brebaje.

Corresponde, no obstante, a Honoré de Balzac el mejor elogio que haga podido hacer un escritor sobre el café. A través de las siguientes palabras describe la bélica acción del café sobre el espíritu creador:

“El café acaricia la boca y la garganta y pone todas las fuerzas en movimiento: las ideas se precipitan como batallones en un gran ejército de batalla, el combate empieza, los recuerdos se despliegan como un estandarte. La caballería ligera se lanza a una soberbia galopada, la artillería de la lógica avanza con sus razonamientos y sus encadenamientos impecables. Las frases ingeniosas parten como balas certeras”… “Los personajes toman forma y se destacan. La pluma se desliza sobre el papel, el combate, la lucha, llega a una violencia extrema y luego muere bajo un mar de tinta negro como un auténtico campo de batalla que se oscurece en las nubes de pólvora”.

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